Bendiciones

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La carretera. Carmen piensa: la carretera es vida, pero ¿cuál vida? Vida apenas. Carmen sopla la bolsita de plástico, la rellena con maní tostado, hace un nudo, arroja la bolsita en un montón. Y sigue pensando: cinco hijos, tres maridos. Ningún marido. ¿Buscarse otro? Horror de pensar que vendrán más hijos a esta miseria. Carmen sopla, rellena, hace un nudo, arroja al montón. Tatiana, te he dicho que no te acerques a la orilla de la carretera. Tatiana no entiende, piensa Carmen, es muy pequeña para entender, para ver el peligro, para recordar lo que hace dos años le pasó al esposo de su madrina, la comadre Esther, aquí mismo en esta pista. No entiende Tatiana: la carretera es vida, sí, pero también muerte. El marido de Esther, Guelo, lo sabía muy bien. Pero y eso de qué le sirvió. Durante diez años Carmen vendió maní, y Guelo los mejores quesos de los alrededores; uno al otro se ayudaron, se cuidaron el puesto, se turnaron para comer, para atender cualquier apuro. Una mano lava la otra, Carmen, le decía él. Y Guelo lavaba muy bien esa otra mano. Gracias a él, ella tenía más ventas. La gente procuraba los quesos de Guelo y, de paso, muchas veces compraban el maní tostado. A veces, cuando Carmen había tenido la venta floja, él ofrecía descuento para que le compraran también a ella. Y desinteresado el Guelo. Nunca le hizo a Carmen ninguna insinuación. Claro que estaban medio unidos por el comadrazgo con Esther, pero cuándo un hombre que quiere con una mujer le ha parado a eso. Ay, el bueno de Guelo, trabajador, noble, buen marido, buen padre; en cierto modo, su apoyo, el que le daba ánimos cuando a ella le parecía que vivir era una cuesta demasiado difícil, y más si se llevan cinco carajitos a rastras. Él le decía Carmen, piense en sus hijos que la necesitan para no ahogarse en mierda. Y eso a ella le sacaba una sonrisa y un Usté es tan bueno que sirve hasta para remedio. Había días en que Carmen se descubría un parásito de envidia moviéndosele por ahí, por los rincones de las tripas. Envidia porque, qué suerte tenía la comadre Esther de haber enganchado un marido como ese, su único marido, un solo padre para sus hijos. Y qué familia bonita habían criado. Eran pobres, sí, pero de una pobreza distinta a la de muchos, distinta a la de ella misma, y todo por el trabajo de Guelo, que se afanaba como un burro. Tatiana, muchacha del carajo, no te lo digo más. ¿No viste lo cerca que pasó ese camión? Ven a jugar para este lado. Ahora el bueno de Guelo está muerto, muertecito. Y ahora, cada vez que pasa un camión de esos que acaba de pasar tan cerca de Tatiana, remeciendo la desvencijada mesa donde Carmen amontona el maní, azotándoles la ropa a ella y a Tatiana, empujándolas, escupiéndoles en la cara su golpe de viento, a ella le dan escalofríos. Antes de lo que le pasó a Guelo, la carretera para Carmen había sido medio invisible; los vehículos y los camiones, pájaros que volaban muy arriba como para prestarles atención. Únicamente cuando uno de ellos se detenía para comprarles, se le convertían en algo concreto. Cuando se trabaja al borde de la carretera, el cuerpo aprende los límites, la frontera entre estar vivo y estar muerto, aunque esa frontera sea una línea fina como una respiración. Guelo tenía treinta años de experiencia divisando esa línea, divisando a los camiones que salían de la curva y bajaban la recta sin medir la velocidad. Un segundo, un solo descuido, había bastado para machacar treinta años. Treinta años de experiencia que dieron un paso más allá de lo que debían; el camión, una pulgada más acá, y praf, Guelo desbaratado sobre la pista. Carmen suspira. Qué se le iba a hacer. Pero hasta muerto el bueno de Guelo había sido bueno. De verdad que había servido hasta para remedio, porque el dinero no da la felicidad, dicen los que lo tienen, pero remedia muchas cosas. ¿Un millón? ¿Millón y medio? Se cuchicheaba que eso había valido Guelo, que con eso la compañía dueña del camión había compensado a la comadre Esther. Carmen no lo sabía de cierto, porque su comadre se había guardado el secreto como si ellas dos no fueran comadres. Como si no hubieran sido amigas de la vida entera. Como si Carmen le fuera a pedir algo. Pero, coño, si es que ella no le iba a pedir nada. Ella sabía que haber sido socia de Guelo —de qué otra manera podían llamarse— no valía de nada. Que no valía de nada que ella hubiera estado ahí cuando el camión se lo llevó de encuentro, aunque ella no pudo hacer nada para evitarlo. Todo fue rápido, tan rápido. Y es que nada más había que pensarlo bien para darse cuenta: ella, Carmen, también merecía una compensación por el traúma —¿así le dicen?— de presenciarlo todo, de haber sido la primera en ver a Guelo —ay Señor, desbaratadito, menudeado como piltrafa—; ella fue la primera en darse cuenta, antes de que la gente viniera, alertada por el bullicio del accidente, de que el bueno de Guelo ya estaba en las manos de Dios Santísimo. Quién la iba a compensar a ella del bajón en sus ventas, ahora que ya nadie se paraba a comprar los famosos quesos de Guelo. De qué servía que ella siguiera allí, un cuerpo repitiendo los mismos movimientos —soplar, rellenar, amarrar— un día sí y el otro también; de qué servía, si como quiera sus muchachitos se acostaban con hambre. Un millón. Un millón sirve para comprar comida, piensa, medicina, cosas bonitas. Quizás hasta para un ranchito, un terrenito, algo que uno pueda llamar suyo. Alcanza para cambiar de vida, mudarse del pueblo incluso, como hizo Esther. Alcanza para criar decentemente a cinco hijos. Un millón, y después las bendiciones se seguirían acumulando —que a veces las bendiciones lo que necesitan es un empujoncito—. Un millón por un hombre trabajador, cabeza de la casa, padre de cuatro hijos, sustento del hogar. Un millón, y Carmen sin marido, con cinco macacos que juntos no alcanzan la mayoría de edad. Una Carmen en la carretera, con esos camiones que no dejan de azotar la mesa chueca, que no dejan de empujarla, escupiéndole en la cara su vida sin bendiciones. Un camión como ese otro que se asoma allá, saliendo de la curva. Y Carmen que ha dejado de soplar, rellenar, anudar, amontonar. Y Tatiana que no deja de jugar ahí en la orilla. Tatiana que no es cabeza de casa, que no es madre todavía, que no sustenta a nadie, que es una cosa pequeña, la más pequeña, pero que al menos vale un gran dolor de madre, un dolor muy hondo. Y ella piensa que sí, que es que a veces las cosas sólo necesitan un pequeño empujoncito. Pequeño como su Tatiana.

 

Berenice B. Navarro

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